El día que descubrí la antropología social y cultural


No he sido una buena estudiante, o al menos lo que se entiende como tal. No sé qué significa estudiar, o más bien no sé estudiar, porque tampoco nadie nos enseña a hacerlo. 

La llegada de la ESO hizo tambalear ese pequeño cúmulo de P.A (progresa adecuadamente) en el boletín de mis calificaciones. se pasó de tener el mismo profesor para todas las asignaturas (a excepción de música, gimnasia y alguna otra) a tener un profesor para cada materia. Los horarios cambiaron y se añadió un año más a la educación obligatoria. 

Hice primero de la ESO en el colegio de primaria porque todavía se estaban amoldando al cambio. Ese cambio tan radical me cogió desprevenida y el tutor que me tocó en suerte (o desgracia) tampoco es que ayudara demasiado. Luego vino el instituto y la adolescencia, una combinación bastante incompatible. Casi todos los compañeros que había tenido siempre se fueron para otras clases y me quedé «sola». Como digo no era buena estudiante, todo me aburría, apenas podía prestar interés en clase sin distraerme al ver el vuelo de la primera mosca que pasaba. Repetí 2ºESO suspendiendo casi todas las asignaturas. Pasé a 3ºESO porque no se podía repetir más veces el mismo curso y en tercero volví a repetir. 

Según una de mis tutoras no es que yo no pudiera estudiar, es que no quería, que era bien distinto. 

Lo que debería ser dos años de estudios (2 y 3ºESO) para mí fueron cuatro. Total, que cuando llegué a 4ºESO ya iba a cumplir 18 años, la edad en la que debería estar con la selectividad, si acaso ir a la universidad hubiese sido mi objetivo de entonces. 

En 4ºESO abandoné el instituto con la llegada de la navidad, es decir, no pasé del primer trimestre. No fue ningún drama, más bien un alivio, pero pronto me daría cuenta de la realidad de la vida adulta. Sin la ESO no podía trabajar (al menos no con un contrato) y tampoco es que sobraran las posibilidades en el pueblo pequeño donde vivía (y vivo). Así que me decidí a conseguir el graduado de la ESO y comencé ese mismo año en las clases nocturnas. Me fue muy bien en un ambiente mucho más relajado que el instituto y en dos años lo conseguí.

En ese tiempo nunca pensé en seguir estudiando, la intención era obtener el graduado solo para trabajar. Según mi yo del pasado no me interesaba nada que los estudios me pudiesen ofrecer. Aunque ahora no entiendo cómo podía pensar así, imagino que son etapas que cada persona pasa y son diferentes según las circunstancias personales, el entorno y un sinfín de historias en la vida de cualquiera. 

Un día de algún mes de 2010, navegando por internet encontré un anuncio de la UNED, la universidad nacional de educación a distancia. Una bombilla se encendió en mi mente al investigar más sobre esa forma de estudio. Yo estaba trabajando en un bar desde 2006 y por mi mente jamás pasaba la idea de estudiar porque era incompatible con el trabajo. O hacía una cosa o la otra. 

La UNED me enseñó que las dos se podían compaginar y en un momento de lucidez me apunté para hacer a la prueba libre del acceso para mayores de 25, justo la edad que tenía. Todo cuadraba bien, y aunque estuve a punto de abandonar antes siquiera de empezar (he ahí mi mente volviendo a hacer de las suyas), ahí fue donde conocí la antropología social y cultural

Nunca antes había escuchado nada acerca de ella y al leer la guía el interés creció hasta tal punto que decidí no solo terminar el acceso, sino matricularme en el grado de Antropología al curso siguiente. 

Tal interés estuvo muy motivado por el manual que entonces se utilizaba para la asignatura de antropología en el acceso: Lecturas de Antropología Social y Cultural (La cultura y las culturas) de Honorio M. Velasco. 

Esa recopilación de textos (vistos en perspectiva me parecen bastante complejo para alguien que se inicia, de hecho este manual ya no se usa) iluminó mi vida de alguna manera, como si hubiera encontrado algo que siempre había buscado, sin saberlo. Es un libro que conservo con mucho cariño. 

Así llegó la antropología a mi vida y yo a la suya. 

«La meta de la antropología es el ensanchamiento del discurso humano». Es esperable que formulada por un antropólogo haya de ser modesta la contribucion que se atribuye a la antropología. El conocimiento de los hombres, de otros hombres, de todos los hombres sigue siendo un viejo objetivo históricamente inacabado y tal vez presuntuosamente planteado, si es que se reclama en exclusividad, pues al fin y al cabo todas las ciencias humanas, e incluso todas las ciencias en general y, naturalmente, las artes lo han adoptado igualmente como objetivo y pueden haberlo cumplido tanto o más que la antropología. Así, la ampliación del discurso humano aparece como una tarea más modesta, pero más asumible (M. Velasco, 2010:11)

El camino por el grado de antropología social y cultural en la UNED fue largo y tortuoso, también muy enriquecedor. Conocí a grandes personas en la distancia y sin ir nunca a ninguna clase presencial pude sentirlos muy cerca siempre. Es algo que surge en ese contexto de la educación a distancia, te sientes solo, pero sabes que no  lo estás. De todos modos nunca pude dejar de pensar en los exámenes como un mero trámite y una alabanza a la memoria

La mayoría de asignaturas se basaban en eso, en la capacidad memorística. No importaba la comprensión ni la reflexión si acaso eras capaz de memorizar un libro (o dos, o tres) y luego responder a unas preguntas en un breve espacio. Por suerte, no todas las asignaturas eran (o son) así. 

Tampoco mi intención aquí es criticar el sistema educativo (algo que sin duda podría llenar un libro) ni a la Uned. Se aprende mucho, incluso con la presión añadida de tener que «memorizar y soltar cual loro en el examen» en la mayoría de los casos. Tampoco es sencillo ir más allá de la bibliografía básica por lo mencionado. Es bastante carga de trabajo. Un trabajo personal y también de constancia es el añadido por estudiar en esta modalidad, casi siempre compaginada con un trabajo de jornada completa. 


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